Supongo que cuando una abuela vive tantos años, en algún rinconcito de tu corazón, albergas la esperanza de que sea inmortal… pero ella decía que, aunque era una pena, nos teníamos que morir porque no había sitio en la tierra para todos… ¡¿qué íbamos a hacer si nadie se moría?! Es una pregunta que nos dio para muchas reflexiones.
Fue una adelantada a su tiempo, yo no recuerdo muchas abuelas que condujesen su propio coche y que con una avanzada edad, hiciesen yoga. Había que regañarla para que dejase de hacer la postura de la vela y con ella, presionara sus ya bastante presionadas cervicales… ¡genia y figura decíamos! Tenía tanto carácter como valor y no se achantaba por nada del mundo.
Son tantos recuerdos bonitos con ella, tanto cariño, tanto humor y tanta suerte… oye, no todo el mundo tiene abuela hasta los 54. El amor de una abuela es de calidad, incondicional, no te pide nada y te lo da todo. Tengo tantas cosas que me conectan con ella que, aunque quisiera, va a ser imposible olvidarla, y además no quiero.
Cómo no querer recordar esos momentos de risas, esas confidencias abuela – nieta, esas comidas ricas y amorosas, esas miradas, esos desayunos, esos paseos por la montaña, o cuando no era posible, por la plaza del 2 de mayo.
Ha sido bonito ver la procesión de gente que ha pasado a verla estos días, una muestra de la persona tan querida en la que se había convertido. Cómo no querer a una persona que se ha pasado la vida ayudando a todo el mundo, aportando esperanza y sonrisa a las variadas penas que tiene la existencia.
Hemos tenido tiempo para prepararnos y para darnos cuenta de que ahora ha llegado su momento para descansar, bien merecido lo tiene.
¡Vuela alto abuela fitipaldi! Por ahí arriba te van a montar una buena fiesta de bienvenida. Ya sabes que te queremos mucho allí y aquí… y ¡ah! ¡¡Que seas buena!! (todavía la estoy escuchando contestar: «a la fuerza hija, a la fuerza»).
