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¿Mejor no digo nada?

 

Seguro que a ti también te ha pasado: tienes un buen amigo al que te une una relación grata, le aprecias y disfrutas de su compañía. Un buen día tu amigo comete una equivocación y tú te sientes disgustad@.

A veces hacemos clasificaciones erróneas de las personas; por la razón que sea, has aprendido que hay buenas y malas personas y según vas conociendo a aquellas con las que te relacionas, las metes en un grupo o en otro: “con este chico cuidadito”, “esta chica es muy maja”, “con Pepita, ummmm, todavía no sé”…

Y ¿qué ocurre cuando una persona del grupo de “las buenas” comete un error? Personalmente, en esas ocasiones, solía alterarme bastante; no entraba en mis esquemas mentales que “fulanita a la que yo quiero tanto, haya hecho esto, ¡¡¡¿¿pero cómo es posible??!!”; me debatía entre decir algo o no, porque al fin y al cabo “se tiene que haber dado cuenta ella también” y pensaba “si se lo digo, se va a enfadar y entonces a lo mejor me enfado yo más o rompe nuestra relación” y en los “y sis….” me enredaba y me quedaba dejándolo pasar, y si pasaba mucho tiempo, a lo mejor no volvíamos a recuperar una relación que había sido buena hasta ese momento, y todo… simplemente POR NO HABLAR LAS COSAS.

imagenAquí vuelve a aparecer el aprendizaje que muchos compartimos de “los conflictos son malos y hay que evitarlos; y además las buenas personas no se enfadan”. ¡Afortunadamente ya sabemos que podemos desaprender y volver a aprender!

Me he dado cuenta con el tiempo, que con frecuencia, las personas con las que más conflictos tengo son las personas a las que más quiero y con las que he construido relaciones más sólidas. Hoy quiero compartir este aprendizaje: merece la pena decir con respeto (y a ser posible con un poquito de cariño) lo que pensamos cuando algo no nos ha parecido bien, cuando algo nos ha molestado y tanto más cuanto más valoramos la relación que tenemos con esa persona, porque los conflictos resueltos son los que refuerzan los lazos. Para ello, en coaching utilizamos mucho una frase mágica: “cuando has hecho X, yo me he sentido Y”, sin juzgar, sin calificar, sin justificarnos, porque te quiero, quiero que sepas…


¡No le aguanto!

Acogiéndose a mi oferta de atender peticiones “de los oyentes…”, mi amigo Angelillo me pedía la semana pasada que escribiese sobre las relaciones, concretamente sobre las interacciones, no siempre deseadas, que tenemos con compañeros en el trabajo o familiares, con los que surgen conflictos que en ocasiones nos general problemas.

La gestión de conflictos es un tema que da para mucho pero voy a tratar de centrarme en algunos aspectos concretos que aprendí de Paco Yuste (mi Tutor en Coaching), de Ana Sposito (mi Coach) y leyendo a Norberto Levy (una referencia en Inteligencia Emocional) y algunas otras que también he tenido ocasión de poner en práctica en mi día a día:

– El peor conflicto es el que no se gestiona… huir del conflicto supone empezar a alimentar una bola con la certeza de que en algún momento, probablemente el más inoportuno… nos va a explotar en las narices.

– Con mucha frecuencia, utilizando la metáfora del palito que utilizamos para remover las brasas en la barbacoa, tendemos a “coger las relaciones” por el lado del palito que quema, cuando en realidad, también tenemos la posibilidad, de cogerlas por el lado del palito que no quema, eso supone tener un poquito de generosidad para tratar de entender al otro, y una buena forma de conseguir esto, suele ser practicando algo muy poco habitual: escuchar.

– Por otra parte, solemos juzgar los comportamientos de los demás directamente (los nuestros también) y si a eso le unimos nuestras tendencias de imponer nuestro criterio, adivinar las intenciones de los demás y tomarnos las cosas de forma personal… actuamos conforme a la muy extendida creencia de que “el mundo es una jungla en la que impera la ley del más fuerte, es un lugar en el que hay que competir: hay ganadores y perdedores; eso significa que para que tú ganes yo tengo que perder…”. Qué tal empezar a generar una creencia alternativa que esté basada en la cooperación, en la que yo te escucho y te expongo mi punto de vista para que ambos busquemos la solución al conflicto, si no la mejor, al menos, la que menos daño haga.

– Otra cosa que ayuda bastante es la idea de separar los comportamientos de las personas, y centrarnos en estos cuando hablemos del conflicto, eliminando los mensajes “tú – acusadores y los absolutistas: tú eres un tal… o un cual, tú siempre eres…”. De esta forma, diríamos “cuando tú haces… yo me siento….”.

– Para terminar, ayuda observar para tratar de averiguar qué necesidad está detrás del comportamiento que me está enfadando de alguien; y ya “para nota” es ser capaces de responder a esa necesidad ofreciendo una alternativa. Por ej. si la necesidad que se esconde detrás es la necesidad de pertenencia, el sentirse miembro del equipo, puedo probar a transmitirte que eres un miembro valioso del equipo, y que no necesitas tener un comportamiento disfuncional para comprobarlo.

En el fondo somos todos tan parecidos… pero tanto tanto tanto… que si no nos empeñamos en pelearnos, tenemos muchas posibilidades de entendernos.

Termino disculpándome, porque hoy me he enrollado un poco más de la cuenta. Espero, como siempre, que encontréis aplicaciones prácticas en este texto, y si no es así, por favor, no dudéis en preguntar.