Este tema se desarrolla ampliamente en el libro de Olga Castanyer Ni agresivos ni sumisos. Os remito a él para profundizar en este aspecto y me voy a permitir adelantar aquí algunas sabias pautas que Castanyer comparte.
Un niño que exhibe comportamientos no asertivos (agresivos o inhibidos) puede tener muy buenas razones para hacerlo y lo primero que habría que hacer sería conocer esas razones, para lo cual nos podemos valer de la observación y de la escucha activa. Es importante preguntar al niño, sin atosigar, sobre las situaciones no asertivas de que hayamos tenido conocimiento. Cuando el niño se dirija a nosotros para compartir una de estas situaciones o cuando nosotros tomemos la iniciativa de preguntarle, es fundamental que sienta que estamos presentes y con los cinco sentidos para él, que realmente nos interesa lo que nos está diciendo, que es muy importante para nosotros, y fomentar que se puede tomar el tiempo que necesite, además de transmitirle que no nos va a afectar, a angustiar, lo que nos cuente.
Otro aspecto importante para educar en asertividad, es tener muy presente que el adulto es el espejo en el que el niño se mira, es su modelo a imitar, su referencia, y que él no tiene la madurez que nosotros tenemos para discriminar si lo que ve es correcto, bueno, conveniente, o no. Si hay niños cerca, tenemos, por tanto, una buena razón añadida para trabajar en nuestro bienestar psicológico, desarrollar las habilidades de comunicación que nos falten y mejorar la gestión y comprensión que tenemos de nuestras propias emociones. De lo contrario, es tan probable como humano que proyectemos sobre ellos nuestras propias experiencias traumáticas, miedos, carencias y frustraciones.

Hay una forma indirecta de apoyar el desarrollo de la asertividad en el niño y que consiste en reforzar positivamente sus comportamientos asertivos, al mismo tiempo que, que expresamos claramente los límites necesarios. Por ejemplo: si el niño chilla al vecino, vamos a mostrar con firmeza y claridad dónde están los límites. Sin embargo, si observamos que ha ayudado a un niño más pequeño con alguna actividad (si su tendencia natural sería más bien la de meterse con él), se lo expresaremos mirándole directamente a los ojos, mencionando el hecho concreto e incluyendo a la totalidad de su persona en el comentario, por ejemplo: qué bien has ayudado a Rufino, verdaderamente es genial ver que eres muy generoso con los niños más pequeños. Eso sí, hay que prestar atención a no pasarnos de frenada (no exagerar): a los niños no les gusta que nos excedamos con los halagos, se sienten incómodos; es mejor centrarnos en comentarios específicos sobre comportamientos deseados concretos.
Una forma directa de apoyar este desarrollo, es formar un pequeño equipo de investigación y entrenamiento con el niño, en el que, una vez detectadas conjuntamente las situaciones objeto de mejora, investiguemos qué herramientas de comunicación asertiva nos pueden ayudar y las adaptemos al caso en el que se quiera incidir. Por ejemplo, si el niño tiende a ponerse a llorar cada vez que se siente atacado y se queda bloqueado sin saber qué decir, podemos contrastar con él cuál sería la alternativa deseada y practicar con él técnicas de respiración profunda cuando sienta ganas de llorar, al mismo tiempo que se entrena en decir claramente déjame en paz y vete. Hay que entender, por otra parte, que el desarrollo de habilidades en general, y sociales en particular, como todo en la vida, es un proceso: no vamos a obtener resultados de hoy para mañana. Es importante que nosotros lo tengamos claro y se lo transmitamos también así al niño, por tanto, reforcemos positivamente cada intento, no sólo el éxito.
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