Creo que ya he escrito anteriormente sobre la culpa, pero como es un temazo y siempre aparecen nuevas perspectivas que enriquecen su gestión, hoy me voy a volver a meter con ella.
Apelando a mi querido Norberto Levy, como sucede con otras emociones, nuevamente aquí hay una culpa funcional y otra disfuncional. La primera tiene un sentido evolutivo, es útil que nos sintamos culpables cuando realmente lo somos, en esos casos en los que no hemos actuado bien y hemos perjudicado conscientemente a alguien. Por ejemplo, si antes de irme, conscientemente dejo sin recoger el último destrozo del gato, teniendo tiempo para hacerlo y sabiendo, que a su regreso le va a tocar ponerse con ello a mi marido, cuando además sé que hoy anda un poco justo de tiempo… tiene sentido que me sienta culpable, es funcional.
Sin embargo, en ocasiones, lo que aparece es la culpa disfuncional. Esta otra versión encuentro que está especialmente ligada a nuestras culturas hispanas, en las que hemos aprendido que si de alguna manera miramos por nuestro bienestar en una situación, aunque esto sea totalmente lícito, tenemos que sentirnos culpables… nosotros que hemos recibido profusamente el mensaje de que lo primero y principal en esta vida es sacrificarnos por todo el mundo y siempre es el otro el que ha de sentirse bien. Por ejemplo, si yo he quedado con mi amiga Graciela y dejando a mi marido solo – que es una persona adulta que puede y debe ocuparse de su propia vida – me siento culpable, en este caso es disfuncional, pues yo no he tomado una decisión consciente que perjudicara a nadie, y sí me he responsabilizado de mi vida, de la que, por cierto, soy la única que ha de hacerlo.

¿Qué hacer entonces cuando aparece la culpa disfuncional? Lo primero, recordar que todas las emociones son temporales: vienen, nos dan información y después se van. Por tanto, cuando aparezca la culpa, podemos leer esa emoción en el contexto que se produce y determinar si es funcional o no. Si racionalmente, inferimos que tiene una finalidad y una base real, podemos emprender acciones para reparar lo que hemos hecho y, por ejemplo, disculparnos o determinar la forma de compensar el error. Si se trata de una culpa sin base, podemos iniciar un bonito y afectuoso diálogo con nuestr@ niñ@ interior y explicarle algo así, como: “¿Qué te pasa Lolilla? Ya veo que te sientes culpable por lo que ha pasado. ¿Pero sabes qué? Esa emoción realmente no tiene sentido, tú no has hecho nada malo, al contrario, has hecho algo muy bueno, que es ser responsable y cuidar de ti. Recuerda cuántas veces te han dicho que tenías que anteponer los deseos de los demás a los tuyos, pero ahora sabes que eso no es cierto. ¡Lo has hecho muy bien! A lo mejor te sientes un ratito culpable, por esa costumbre aprendida, pero pronto se pasará. Estoy muy orgullosa de ti, ¡sigue así!”.
Una vez más, aprovecho para contaros que en septiembre seguimos con nuestros encuentros mensuales online y que en octubre nos veremos en Múnich en la primera edición del taller Resolución de conflictos: comunicación no violenta en casa y en el trabajo. Reserva tu plaza ahora que todavía queda alguna… 😉
