En el día a día de cada persona, se producen multitud de desencuentros por infinidad de menudencias o no tanto: a mí me puede parecer que la casa ya está suficientemente limpia, y a ti no… yo puedo creer que la educación de los niños es bastante aceptable, y tú puedes pensar que estamos “al borde del apocalipsis” en relación a ese tema… en fin, las oportunidades para que se presenten desencuentros son innumerables.
Detrás de esos desencuentros, a mi entender, suele haber dos duendecillos puñeteros (*): el que nos asegura que nosotros siempre estamos en posesión de “la verdad” y el que afirma que lo más importante en esta vida es “tener la razón”.
Estos dos personajes, en muchos casos forman parte de nuestro sistema de creencias, esa estructura mental que está llena de ideas irracionales que, aunque no se corresponden con la verdad, tienen el poder de operar desde nuestra mente como si fueran verdades absolutas e irrefutables. Felizmente, igual que un día nos creímos estas ideas, ahora – gracias a la oportunidad que nos brindan esos desencuentros (y las emociones que generan) – podemos hacerlas conscientes, desafiarlas y transformarlas por otras más ajustadas a una forma de ver la vida que sea más objetiva, ecológica y proveedora de felicidad.
Necesitamos salir del maniqueísmo, de la perversa dicotomía entre bueno y malo, víctima y culpable, yo tengo razón y tú no… pues es una perspectiva que en general suele estar bastante alejada de la realidad y genera mucho sufrimiento individual y en las relaciones. Es mucho más sabio ir sustituyéndola por una visión de la vida más compasiva y empática, entendiendo que todos cometemos errores, que somos humanos, que no es fácil serlo, y que lo hacemos lo mejor que sabemos. Unas veces yo lo haré un poco mejor y otras veces tú lo harás un poco mejor, pero ninguno de los dos ES mejor que el otro.

Volviendo a los duendecillos: ¿de verdad estamos seguros de que nuestra visión sobre la limpieza de la casa es la verdad absoluta? Si lo pensamos en un momento emocionalmente neutro, seguramente, podamos estar de acuerdo en que tal vez podemos encontrar un punto intermedio entre ambas visiones, y que después de todo… tampoco es para taaaaaaaaaaaaaaanto, que no merece la pena cogernos un disgusto por algo tan trivial.
Por otra parte, ¿de verdad es tan importante tener la razón? ¿Es posible que los dos tengamos razón? A lo mejor podemos revisar algunas cuestioncillas relativas a la educación de los niños, pero hombre, de ahí a decir que estamos al borde del apocalipsis… Igual nos ayudaría más utilizar palabras más amables y evitar ponernos taaaaaaaaaaaaaaan dramáticos.
Dado que las personas estamos permanentemente interpretando lo que sucede en función de infinidad de parámetros, muchos de ellos inconscientes, conseguir averiguar quién tiene la razón o quién es poseedor de la verdad, puede ser un trabajo ingente que no nos lleve a ninguna parte. Personalmente, creo que, para nuestras relaciones, es más efectivo compartir emociones, de forma asertiva, buscando el momento adecuado, sin juzgar al otro. Por ejemplo, yo puedo decir que cuando ayer me dijiste que los niños se comportan como si estuviesen asilvestrados, me sentí incómodo. Y después, si se dan las condiciones emocionales para seguir hablando, tratar de ofrecer ideas para llegar a acuerdos; y si no se dan las condiciones para seguir hablando, ya sabéis, siempre nos quedará acudir al socorrido Aplazamiento asertivo, y seguir la conversación en otro momento.
(*) Coloquialmente molesto, fastidioso, cargante.
