Se extiende la sensación de que hemos perdido el control en la relación que tenemos con la tecnología. Con la llegada de WhatsApp, Facebook, Instagram, etc., nos hemos ido viendo inmersos en un proceso en el que hemos perdido el mando y estamos asumiendo un rol de servidores a los dictados de estas plataformas.
Las tecnologías están tomando una deriva cada vez más adictiva, en la que de forma creciente ocupan más y más espacio en nuestros días, con unos efectos cada vez más visibles en nuestra salud, por no hablar de las consecuencias que están teniendo en nuestras relaciones, en nuestras competencias lingüísticas, o en la capacidad de prestar atención por un período de tiempo superior a 3 segundos… Parece una exageración, ¿verdad? Ojalá lo fuera.
Hay que tener en cuenta, además, que nuestro cerebro todavía funciona de forma analógica, no está adaptado a la digitalización; necesitará todavía años de evolución para desarrollar esa capacidad. Esto se traduce en una gran fuente de estrés, en un bombardeo constante de estímulos para el que no estamos preparados. Y ya sabemos en psicología, que el estrés sostenido, muy bueno, precisamente, no es…

Así las cosas, me disculpo por el bajón… y os invito a recuperar ese mando. ¡Vamos a por ello! ¿Cómo? Aquí os cuento algunas ideas para que podáis experimentar con ellas:
- Limitar el número de veces que chequeamos si tenemos nuevos mensajes. Podemos reducirlo, por ejemplo, a las horas en punto. Si al principio nos cuesta mucho hacer esto, podemos probar a hacerlo cada 20 minutos o media hora y luego pasar a períodos más amplios.
- Separar los espacios para recibir información, de los destinados a emitir información. Por ejemplo, yo puedo decidir responder mensajes 3 ó 4 veces al día y asumir que algunos mensajes se van a tardar más en responder, otros se van a quedar sin contestar, ¡y no pasa nada!
- Podemos marcar como no leídos los mensajes importantes que no queremos que se queden sin responder.
- Podemos utilizar limitadores para el tiempo que pasamos en algunas plataformas.
- Podemos bajarnos una imagen de bomba, “sustancia venenosa” o algún personaje malvado y ponerla en el móvil en la pantalla de bloqueo.
- Evitar activamente responder mensajes cuando estamos con otras personas. Separar momentos para interactuar personalmente de otros para hacerlo en remoto.
- Extirpar el uso del teléfono de la mesa del comedor, del dormitorio, de la cocina o del baño, por ejemplo. También podemos hacerlo de forma progresiva.
- Meternos en la cabeza que no pasa nada por devolver una llamada más tarde, si no la hemos escuchado o no era el momento de atenderla. Recordar que hubo un tiempo en el que llegábamos a casa y preguntábamos ¿me ha llamado alguien? ¡Y sobrevivimos!
- Desconectar más del ruido exterior y conectar más con nuestro interior a través de la meditación, la relajación, las respiraciones profundas y la vida contemplativa.
- Dedicar parte del tiempo que pasamos con el teléfono a recuperar ocio analógico como leer, hacer pasatiempos, actividades manuales, contacto con la naturaleza, actividades al aire libre…
- Practicar más el modo avión y ser un buen ejemplo para nuestro entorno.
¿Lo hacemos todo a la vez? Noooooooooo, recuerda la importancia de ponernos metas realistas ; ) La idea es probar y elegir las 2 ó 3 que mejor nos funcionen para ir integrándolas a ver qué pasa con nuestro tecnoestrés ; ) ¿Empezamos?
Aprovecho para recordarte que en julio empezamos con el nuevo semestre de los encuentros mensuales online, en los que investigamos, entre otras, esta temática, ¡y todavía nos queda una plaza libre! No dudes en pedir información.
